Viaje imaginado a una universidad cimera

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Viaje imaginado a una universidad cimera

Parecía inevitable en la universidad: el ambiente fatigoso de los tribunales de grados académicos me recordaba siempre la calidad de la universidad. Percibía desde la penumbra universitaria que los exámenes eran la forma más urgente de ocuparnos de la evaluación de los estudiantes.

Desconocía si para el caso del alumno X la evaluación había surtido un efecto. Pero el profesor Y se había puesto a salvo de los suplicios de recordar quién era el estudiante X que no había visto nunca sentado o de pie en clase, cerca o lejos de su mesa con la libreta o tableta o grabadora para vaporizar el conocimiento sintagmático de sus declaraciones.

En la pantalla de clase, cerca del ordenador conectado a internet, estaba el estudiante X sujetando la cabeza para no pestañear y junto a él estaban dos dispositivos y una hoja de papel en blanco.

El profesor Y trataba de descifrar la valoración que le haría el estudiante X en aquella sala desordenada y calurosa que hacía de laboratorio para la enseñanza en línea. Empezaba a cavilar el profesor Y para qué servía esa valoración de su docencia si no iba a tener nunca más el mismo conglomerado de estudiantes.

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Terminada la sombría evaluación, iluminada la sala, empezaba a recordar el resplandor de las universidades internacionales cimeras donde los estudiantes mantenían una relación cara a cara con los pocos estudiantes que voluntariamente se habían matriculado en su materia cuatrimestral.

Cualquier resquicio de duda se disipaba en las sesiones de indagación y proyectos de aquellas universidades norteamericanas o centroeuropeas que amordazaban con lienzos las cubiertas de un manual y sellaban de negro los apuntes a memorizar.

En el despacho del profesor Y había una mesa atiborrada de técnicas creativas, problemas rotulados y cubetas o probetas, tubos o vasijas, cables, pilas y teclados, revistas y una voz que daba la palabra. Todo estaba preservado para mantener la atención de las distintas dicciones del grupo de la clase internacional.

El profesor Y, con diplomas, premios, y reconocido prestigio por su investigación publicada sabía que su contrato con la universidad U tenía que servir igualmente para mejorar el rendimiento de los alumnos de su asignatura cuatrimestral dando respuesta a las necesidades detectadas el primer día de clase, exhibiendo entusiasmo y pasión por la investigación aplicada y ayudando a comprender cómo funcionaban los profesionales de su área de conocimiento con los que conectaba a los alumnos asiduamente.

El profesor Y había pensado con ánimo premonitorio que la Universidad U le había contratado como experto para transmitir las novedades del pensamiento por la gracia de la ciencia y de la ética. Con el tiempo terminó por suponer que era el director en ciernes de un programa de doctorado en el que todos los alumnos debían terminar con un proyecto startup en una empresa del parque tecnológico.

El profesor Y y el estudiante X se saludaron con respeto en un descanso que tenía que ver más con la veneración a una eminencia docente e investigadora y el reconocimiento del potencial económico invertido para culminar el perfil profesional buscado en el estudiante. Siempre estrechaba las manos de los alumnos que destilaban una financiación fiscal desorbitada para hacer frente a los gastos de matriculación, manutención y residencia.

Estaba entregado por completo a la docencia y la investigación, la publicación y difusión del conocimiento. Tenía un CV atiborrado de publicaciones en revistas de impacto, ponencias y comunicaciones en foros y preámbulos de asociaciones científicas y el marbete que atravesaba su credencial de prestigio de una universidad cimera reconocida por Forbes, el suplemento Times Higher Education y el Ranking Académico de las Universidades del Mundo.

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Luis Miguel Villar

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