Más allá del negocio de los sexenios universitarios

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Más allá del negocio de los sexenios universitarios

Dos multinacionales extranjeras sacan del erario público más de 25 millones de euros anuales controlando el acceso y promoción del profesorado universitario e investigador de este país.

Los países que tienen un enfoque de modelo social y productivo de alto valor son aquellos que cuentan con más apoyos a la investigación básica y en todas las disciplinas, también las humanísticas, sociales y artísticas

Para acceder a un puesto en el ámbito universitario, acreditarse para cualquier puesto docente, promocionar en la carrera académica, cobrar el complemento de investigación o simplemente no verse “cargado” con más horas de docencia, prácticamente todo profesor o profesora universitaria tiene que conseguir que dos multinacionales le admitan publicar cierto número de artículos en las revistas que ellas determinan y controlan.

El actual sistema de evaluación de la carrera profesional universitaria, especialmente a partir del Real Decreto-ley 14/2012 del PP, premia la acumulación de esas publicaciones cuantificables y comercializables que son las que generan “distinción y reconocimiento” (número de sexenios), al tiempo que “penaliza” si no se consiguen, con la imposibilidad del acceso, la no promoción, la reducción del salario y un aumento significativo de trabajo docente. 

Devaluación de la función docente

Tiende así a convertir la función docente esencial de la universidad en un obstáculo para la promoción académica, un “castigo”, que termina por devaluar la finalidad fundamental de la universidad, provocando que el mismo profesorado la minusvalore y postergue. Sabiendo, además, que no está probado -más bien al contrario- que haya una correlación importante entre productividad de la investigación-publicación y eficacia de la docencia.

Frente a la docencia, la práctica investigadora es transformada en una inversión en el propio currículum mediante este tipo de publicaciones que sí reportan beneficios subjetivos (valoración) y materiales (compensaciones retributivas). Este sistema valora aquellas publicaciones que tengan valor para el mercado y que se puedan cuantificar y medir. Olvida que la ciencia debe estar al servicio de la humanidad y de la mejora del mundo en el que convivimos, ligada a problemas y necesidades sociales que no siempre son valorados por el mercado, para convertirse en una moneda de cambio determinada por las exigencias del mercado. 

Cultura del impacto y la citación

Se está presionando así a la comunidad científica para transformar la investigación rigurosa en una loca carrera de la “cultura del impacto y de la citación” para ser valorado y poder promocionar. Porque este sistema ha asumido la tesis de que el factor de impacto (media de citas que en un año tiene un artículo), que mide visibilidad más que calidad, defina el valor científico de artículos y revistas. Factor que es controlado por los datos ofrecidos por el informe Journal of Citation Report (JCR) de la multinacional Thomson Reuters a través de su producto Web of Knowledge (WOK), y por la multinacional Elsevier a través de su producto Scopus. La Fundación Española para la Ciencias y la Tecnología, dependiente del Ministerio de Economía y Competitividad, las universidades y el Centro Superior de Investigaciones Científicas pagan por las licencias a estas multinacionales más de 25 millones de euros anualmente. 

Mientras, en 2013, se paralizaba por recortes presupuestarios proyectos públicos nacionales, como el sistema DICE (Difusión y Calidad Editorial de las Revistas Españolas de Humanidades y Ciencias Sociales y Jurídicas) desarrollado desde 2006 por el CSIC. Integrado en una institución pública, DICE no recibía dinero de las revistas que estudiaba y catalogaba, ni tampoco directamente de quienes lo consultaban. Suerte parecida sufrieron otros proyectos públicos de prestigio como el de INRECS, INRECJ e INRECH de la Universidad de Granada en el año 2014. 

Política de Estado

De esta forma, nuestras administraciones públicas son cooperadores necesarios (en financiación y difusión) de las multinacionales privadas extranjeras para el desarrollo de su sistema comercial de evaluación. Los ministerios de Ciencia y Tecnología le atribuyen la autoridad y el liderazgo que estas multinacionales se autoatribuyen en sus páginas web, desde su “monopolio de hecho” de la evaluación científica. 

El conjunto del engranaje es accionado por las agencias nacionales de evaluación. Las agencias como la ANECA, que acredita la capacidad del profesorado, y la CNEAI, que reconoce a través de los sexenios la actividad investigadora realizada, priorizan como criterios de valor la publicación de artículos en revistas científicas incluidas en esas bases de datos elaboradas por Thomson Reuters y Elsevier, en detrimento de otros formatos y modos de canalizar la actividad investigadora. 

Lógica colonial

Este sistema ha recibido innumerables críticas. Desde el sesgo lingüístico y geográfico que favorece a publicaciones y autores y autoras anglosajones hasta que enfatiza estándares determinados de ciencia. Estos criterios de valor, además, reproducen una lógica colonial pues refuerzan una lógica geopolítica de poder que margina y desprecia las revistas científicas no anglosajonas, imponiendo sin discusión el inglés como lengua “neutra”. También se ha criticado la recurrencia y la permanencia de los círculos científicos dominantes que se nutren y se citan entre sí (de las más de 8.000 revistas de todo el mundo que son incluidas en el JCR, tan solo 300 representaron más del 50% de lo que se citó y más del 30% de lo que se publicó; y un núcleo de 3.000 revistas cuenta con más del 90% de artículos citados y más del 80% de los publicados). Asimismo, se ha enfatizado el escándalo que supone el hecho de que resultados de investigaciones pagadas con dinero público se publiquen en revistas de acceso privado. 

Lo cierto es que con este modelo la producción de conocimiento se encierra en un circuito privatizado, ajeno en buena parte a su servicio a toda la sociedad y al compromiso con el bien común. A pesar de las críticas de todo tipo que este modelo ha generado, conserva intacta su capacidad de definir quién vale y quién no. Se asume así que aquello que ocurre fuera de lo validado por el modelo no existe o no sirve a la ciencia: “si tu trabajo no está aquí, no vale”.

Competición en vez de colaboración

Esta bibliometría, más que aportar resultados de investigación excelentes, ha conseguido presionar a la comunidad investigadora para adaptar su trabajo hacia lo que se valora en el mercado de los sexenios. Se abandonan las monografías o libros con conocimiento reflexivo de fondo capaces de alcanzar al gran público, pues son consideradas “méritos menores” porque puntúan menos frente a los artículos con índices medibles de impacto. Se está generando una inflación de papers inabarcable, que pocos leen y que no siempre se escriben con el poso necesario. Se recurre al autoplagio, a las autocitas, a las redes de citas, a las guerras de citas, a no citar a posibles competidores/as, a exigencias de citar artículos publicados en los últimos años en la revista donde se quiere publicar. Se genera así un volumen innecesario de aparato de citación, un hipertrofiado marco teórico, postizo y muchas veces ni siquiera consultado, que solo sirve para aumentar este mercado de la citación, cuestionado en innumerables investigaciones y estudios.

Todo ello obliga a un proceso continuo de competición interna que fragmenta y enfrenta al profesorado, naturalizando la competencia en vez de producir formas colaborativas de pensamiento e investigación. Lo que vale, lo que cuenta, lo que tiene valor (de mercado) es la acumulación, lo inmediatamente vendible y comercializable en el mercado de la patente y la industria del rápido beneficio, no la investigación base ni la dimensión crítica de la investigación. 

Necesitamos una universidad realmente pública y democrática. Una universidad que cuestione esta concepción neoliberal de la ciencia, la investigación y la universidad. Que ponga en jaque el significado otorgado a la “excelencia”, entendida como incentivo para que se aumente de manera constante, competitiva e ilimitada la productividad.

Es necesario apostar por una universidad que sea capaz de incorporar otros elementos de valor al trabajo investigador y docente: trabajo compartido, investigación de base y a largo plazo, docencia como valor, honestidad científica, compromiso con toda la sociedad y también con las necesidades y sectores más desfavorecidos. 

Los países que tienen un enfoque de modelo social y productivo de alto valor son aquellos que cuentan con más apoyos a la investigación básica y en todas las disciplinas, también las humanísticas, sociales y artísticas. No en vano dicha investigación es la que genera los cimientos para construir un modelo social más justo en lo económico, más sabio en lo social y más ecológico en lo natural. Son aquellos que valoran también el impacto social y político de la investigación no sólo por el número de citas de las publicaciones realizadas sino por la implicación en la resolución de problemas locales o en el avance del bienestar social, por la participación de la comunidad en el desarrollo de las investigaciones o porque incluyen orientaciones prácticas para la solución de problemas reales en contextos reales, sean locales o globales. 

En definitiva, los repositorios públicos de “acceso abierto”, mandato expreso del programa de la Unión Europea Horizonte 2020, en la línea que plantea la Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación (DORA) y la Declaración de Berlín, administrados por universidades u organizaciones de investigación públicas, son una valiosa infraestructura que podrían apoyar la transición a un sistema de evaluación y comunicación académica más colaborativa y eficiente. 

Izquierda Unida ha presentado una Proposición No de Ley (PNL) en el Parlamento Nacional para superar las métricas basadas en el factor de impacto de las citas en JCR y similares, que miden el continente más que el contenido, ahorrar al Estado una ingente cantidad de dinero que pagamos a estas multinacionales extranjeras y sentar las bases para que la academia dé a luz un nuevo sistema de evaluación público y abierto de la investigación. 

Aunque esta proposición no es ese nuevo sistema, sino una medida de urgencia, es un primer paso de otro sistema posible de evaluación de la producción científica más justo, que responda a un modelo de ciencia para el bien común.

 

Enrique Javier Díez Gutiérrez

Coordinador Federal de Educación de IU | Profesor de la Universidad de León
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Mujeres universitarias eficientes

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Mujeres universitarias

Tenía delante de mí la estadística de estudiantes matriculados en el curso 2015-2016 que facilitaba el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Andando por el bosque de cifras de las casillas aparecía el número total de estudiantes por nacionalidad, sexo y ámbito de estudio. Como no iba a transportar la tabla entera al blog, me hice a la idea de seleccionar algún testimonio de las mujeres universitarias triunfantes, que esa era la aproximación de mi mensaje.

La columna de mujeres tenía números más altos (690,117.0) que la de los hombres (580,667.0) en los estudios de Grado, 1º y 2º Ciclo. El hecho constatable era que el total de mujeres desfilaba más alto en los grados de las ramas de conocimiento de Educación; Artes y Humanidades; Ciencias Sociales, Periodismo y Documentación; Ciencias, y Salud y Servicios Sociales. En otros grados, el número de hombres se levantaba levemente por encima de la cifra de las mujeres en Informática; se apoderaba de las matriculaciones con más claridad en Ingeniería, Industria y Construcción, y en Agricultura, Ganadería, Pesca, Silvicultura y Veterinaria. Estaba irregularmente repartido entre ambos sexos el predominio numérico en Servicios; mientras que las mujeres aventajaban a los hombres en número en el grado de Viajes, Turismo y Ocio, los hombres desbordaban el número de mujeres en el grado de Actividades Físicas y Deportivas.

Con este entendimiento acentuadamente numérico pensaba que podría escribir esta entrada sin verme afectado por irrealidades. Me mostraba suficientemente sensible a que la mayoría reciente de los estudiantes que ingresaban y egresaban de las aulas universitarias fueran mujeres. Ahora, las semillas numéricas de las mujeres universitarias germinaban en apreciaciones sobrevaloradas que dejaban atrás errores de subestimadas elucubraciones sobre el rol de la mujer en la sociedad.

Mi impresión era que las mujeres universitarias estudiaban para ser de otra manera y ser más emprendedoras en la sociedad. A través de la perspectiva de los cuatro ciclos de edad de los estudiantes matriculados en 2015-2016, los pensamientos me hacían vagar entre conjeturas, porque las mujeres dominaban a los hombres en volumen de dígitos y en cualesquiera de los ciclos de edad, incluido el de más de 30 años.

No se abrían las puertas de una titulación con buenas intenciones ni se terminaba una carrera con buenos sentimientos, dejando el lápiz quieto en el margen de un papel o el teclado de un dispositivo sin zumbar en el oído. Los grados universitarios no le daban a las mujeres universitarias sabiduría; le daban conocimientos, que eran una puerta abierta a la superación de dificultades o una expedición a la verdad en un mundo empresarial desencantado.

Las mujeres universitarias eran estudiantes que primero pensaban en complacerse a sí mismas, como meritorias novelistas de su propio activo intelectual. Y una mirada a las Pruebas de Acceso a la Universidad (PAU) del año 2015 seguía mostrando las cimas de las mujeres aprobadas, incluso cuando eran mayores de 45 años de edad, sellando todas las ventanas al silencio; latiendo con pulso la alegría del conocimiento disciplinar.

El tópico de la creencia en los indicadores de calidad universitaria era un pensamiento que actualmente se asumía como la defensa de la razón. Sin desmerecerlo, y sin que tuviera trazas visibles de sugestión, me dispuse a desbrozar inconfundibles elementos de la verdad de la mujer universitaria.

¿Cuáles eran las claves de este proceso creciente de mujeres triunfantes?

La expedición de mujeres universitarias exitosas avanza a un mundo social reconocido

Las mujeres exitosas robaban vida a la ignorancia. Comparado el éxito de las mujeres (89,8%) con el de los hombres (84,2%) en el curso 2013-2014, había deducido que no eran un activo emergente, sino que la tasa aludía a un ápice que proyectaba un prisma con un fulgor competitivo. Había observado que las cifras de mujeres universitarias exitosas cubrían las universidades públicas y privadas, casi por igual, y que eran levemente superiores los porcentajes en las universidades presenciales que en las no presenciales.

La mano de las mujeres universitarias que ha firmado una graduación construirá un porvenir

La asociación de tipo de universidad, persistencia en un grado de 4 años de duración teórica y cohorte de entrada (en este caso, año académico 2009-2010) me impulsó a contar el fenómeno de la graduación de las mujeres universitarias que había tenido una cifra de 56.2%. Al principio uno podía adoptar una expresión seria con ese dato, salvo que se relacionara ésta con el de los hombres que fue del 39,7%.

En ese momento traté de recordar que la graduación se refería al porcentaje de estudiantes que finalizaba la titulación en el tiempo teórico previsto o con un curso de gracia más. Mirado con minuciosidad, parecía más ajustado el dato de la idoneidad porque se reconciliaba rigurosamente con el tiempo teórico previsto de finalización de una titulación o incluso antes.

En este caso, era más alarmante la diferencia porcentual entre mujeres (40,5%) y hombres (24,4%). La pendiente ascendente de los porcentajes de idoneidad y graduación ofrecía un ángulo con respecto al elemento ideal, pero el camino cuesta arriba tenía para los hombres el viento contrario.

El empleo son las capacidades eficientes autografiadas de las mujeres universitarias

Las mujeres universitarias autoeficientes son como mineras de sí mismas. Extraen a paladas la conducta responsable del aprendizaje y de la investigación ocupándose de trabajos hasta ahora poco convencionales para ellas. La tasa de éxito en los estudios de máster de 2013-2014 era prácticamente igual que la de los hombres: cada crédito presentado estaba diestramente superado. En el caso de las mujeres universitarias, el porcentaje del 98,7% de éxito era bien elocuente.

No parecía insustancial en este párrafo apuntar que el porcentaje de mujeres que obtuvieron becas sobre el total de estudiantes matriculados en el curso 2013-2014 fue de 28,3%, frente a los hombres (20,3%). Este cántico a la ayuda recibida por las mujeres universitarias quebraba la línea horizontal de la paridad en el estudio académico, pero no derogaba la diferencia de ingresos económicos de las mujeres egresadas respecto de los hombres en ciertas empresas.

Aunque la empleabilidad del egresado estaba cuestionada; aunque los hombres se graduaban en un porcentaje superior en la rama de conocimiento de Ingeniería, Industria y Construcción, la misma OCDE que reportaba de la capacidad superior de lectura en las niñas y de matemáticas en los niños en el informe Pisa, también reconocía que la brecha de género en el empleo, que no en el cargo de responsabilidad directiva, se estrechaba conforme ambos sexos obtenían titulaciones en el nivel superior.

No hay grados tan malos para las mujeres universitarias de los que no se pueda aprender algo bueno

Las mujeres se han negado en redondo a dejar de conducir. Si lo miraba desde otro ángulo, la deserción en los estudios superiores era porcentualmente menor en las mujeres (29%) que en los hombres (36,1%), tomada como referencia la cohorte de entrada del curso 2009-2010.

La preocupación por el abandono o cambio de carrera en el primer año universitario mantenía alerta a las universidades, porque era un curso riguroso que atacaba un segmento poblacional frágil en la aproximación al aprendizaje, quebradizo en las estrategias cognoscitivas de los estudiantes e inestable en la percepción de bienestar personal o de éxito académico de los jóvenes adultos.

Para rendir en el estudio las mujeres universitarias pulen continuamente las competencias

Las políticas universitarias de control de la asistencia a clase de los estudiantes, el rendimiento académico y la retención de los estudiantes antes de que se produzcan deserciones de grados académicas son fibras que ruedan en la mente de los equipos de gobierno antes de que se produzcan desajustes internos porque masas de estudiantes no tengan la tasa requerida de idoneidad ni que obtengan la más indulgente graduación. Diez puntos porcentuales en la tasa de rendimiento diferenciaban las mujeres (81,5%) de los hombres (71,8%) en el año 2013-2014.

Una nota final adornada:

Las mujeres universitarias cursaban exitosas sus estudios a cada alba amarradas a la vida. Las mediocres se aproximaban a ellas aromadas a la ventana. Las peores se abandonaban al viento y se daban por vencidas.

(publicado previamente en Luis-Miguel-Villar-Angulo.es)

(Descargue este post como pdf: 2.Mujeres universitarias )

Viaje imaginado a una universidad cimera

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Viaje imaginado a una universidad cimera

Parecía inevitable en la universidad: el ambiente fatigoso de los tribunales de grados académicos me recordaba siempre la calidad de la universidad. Percibía desde la penumbra universitaria que los exámenes eran la forma más urgente de ocuparnos de la evaluación de los estudiantes.

Desconocía si para el caso del alumno X la evaluación había surtido un efecto. Pero el profesor Y se había puesto a salvo de los suplicios de recordar quién era el estudiante X que no había visto nunca sentado o de pie en clase, cerca o lejos de su mesa con la libreta o tableta o grabadora para vaporizar el conocimiento sintagmático de sus declaraciones.

En la pantalla de clase, cerca del ordenador conectado a internet, estaba el estudiante X sujetando la cabeza para no pestañear y junto a él estaban dos dispositivos y una hoja de papel en blanco.

El profesor Y trataba de descifrar la valoración que le haría el estudiante X en aquella sala desordenada y calurosa que hacía de laboratorio para la enseñanza en línea. Empezaba a cavilar el profesor Y para qué servía esa valoración de su docencia si no iba a tener nunca más el mismo conglomerado de estudiantes.

***

Terminada la sombría evaluación, iluminada la sala, empezaba a recordar el resplandor de las universidades internacionales cimeras donde los estudiantes mantenían una relación cara a cara con los pocos estudiantes que voluntariamente se habían matriculado en su materia cuatrimestral.

Cualquier resquicio de duda se disipaba en las sesiones de indagación y proyectos de aquellas universidades norteamericanas o centroeuropeas que amordazaban con lienzos las cubiertas de un manual y sellaban de negro los apuntes a memorizar.

En el despacho del profesor Y había una mesa atiborrada de técnicas creativas, problemas rotulados y cubetas o probetas, tubos o vasijas, cables, pilas y teclados, revistas y una voz que daba la palabra. Todo estaba preservado para mantener la atención de las distintas dicciones del grupo de la clase internacional.

El profesor Y, con diplomas, premios, y reconocido prestigio por su investigación publicada sabía que su contrato con la universidad U tenía que servir igualmente para mejorar el rendimiento de los alumnos de su asignatura cuatrimestral dando respuesta a las necesidades detectadas el primer día de clase, exhibiendo entusiasmo y pasión por la investigación aplicada y ayudando a comprender cómo funcionaban los profesionales de su área de conocimiento con los que conectaba a los alumnos asiduamente.

El profesor Y había pensado con ánimo premonitorio que la Universidad U le había contratado como experto para transmitir las novedades del pensamiento por la gracia de la ciencia y de la ética. Con el tiempo terminó por suponer que era el director en ciernes de un programa de doctorado en el que todos los alumnos debían terminar con un proyecto startup en una empresa del parque tecnológico.

El profesor Y y el estudiante X se saludaron con respeto en un descanso que tenía que ver más con la veneración a una eminencia docente e investigadora y el reconocimiento del potencial económico invertido para culminar el perfil profesional buscado en el estudiante. Siempre estrechaba las manos de los alumnos que destilaban una financiación fiscal desorbitada para hacer frente a los gastos de matriculación, manutención y residencia.

Estaba entregado por completo a la docencia y la investigación, la publicación y difusión del conocimiento. Tenía un CV atiborrado de publicaciones en revistas de impacto, ponencias y comunicaciones en foros y preámbulos de asociaciones científicas y el marbete que atravesaba su credencial de prestigio de una universidad cimera reconocida por Forbes, el suplemento Times Higher Education y el Ranking Académico de las Universidades del Mundo.

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Luis Miguel Villar